Si nuestro contexto general
no cambia rápidamente, el futuro
deseable será sólo un sueño.
En un contexto político como el que
venimos viviendo y padeciendo desde hace
décadas, la educación no tiene
futuro. En un contexto socioeconómico
como el presente, en el que crece el número
de pobres y la pobreza de las mayorías,
la educación tampoco tiene futuro.
En un contexto moral, de tan alto nivel
de corrupción e impunidad, no hay
futuro para la educación. En un Estado
prebendario y con confusión de poder
entre los poderes del Estado, tampoco habrá
futuro promisorio para la educación.
Más. Si las universidades no se reforman
sustancialmente y si las familias siguen
debilitándose, es muy difícil
que la educación tenga un buen futuro.
Al menos por dos razones, porque quien educa
es básicamente toda la sociedad y
porque la educación es parte del
sistema nacional y si el sistema no funciona,
no puede funcionar la educación.
La experiencia nos confirma en estas convicciones.
La primera condición para garantizar
un futuro digno y razonable a la educación
es la urgente superación de las crisis
y debilidades profundas de nuestro presente.
Porque el futuro tiene sus raíces
en el presente. No basta la reforma de la
educación, sobre todo cuando esta
se asfixia agobiada por nuestro problemático
contexto presente. Para asegurar el futuro,
necesitamos la reforma del Estado, la reforma
política, la reforma económica,
la reforma moral, la reforma de las universidades
y la reparación de la familia. La
educación, como dijimos desde el
primer balbuceo de nuestra reforma, es asunto
de todos.
Pero no cabe duda que en la construcción
del futuro de la educación, los educadores
tenemos una especial responsabilidad, porque
es lo nuestro y lo que la sociedad nos ha
confiado para que nos ocupemos de hacerla
buena y garantizar su calidad para los niños,
niñas, adolescentes y jóvenes
actuales y futuros.
En una brillante conferencia, organizada
por la editorial Santillana, que acabamos
de gozar escuchando a Juan Ignacio Pozo
en la Universidad Nacional, el catedrático
español nos decía con humor
e ironía que el gran problema de
la educación está en que "con
contenidos del siglo XIX y profesores del
siglo XX, queremos educar a niños
del siglo XXI". Para educar en el presente
tenemos que superar deficiencias profesionales
de dos siglos, obviamente si además
queremos preparar el futuro esa rémora
bicentenaria tiene que ser urgentemente
removida.
Según algunos investigadores y analistas,
el 90% de lo que los niños, niñas
y adolescentes actuales van a necesitar
saber y van a usar en sus vidas, todavía
no ha sido producido. Pero entretanto, nuestras
instituciones educativas y nosotros como
educadores, creemos que los estamos preparando
para su futuro, ofreciéndoles disciplinas
que en su mayoría fueron establecidas
hace cien años.
No hay esperanza de futuro si los educadores
todavía, en nuestro presente cibernético,
seguimos dando la espalda a las tecnologías
de la información y la comunicación,
si pensamos que se puede educar ignorando
la informática, si trabajamos como
si no estuviéramos ya inmersos en
la sociedad de la información y del
conocimiento.
No hay esperanza de futuro si prescindimos
del necesario desarrollo científico
y nosotros mismos carecemos de los elementos
básicos de la cultura y el pensamiento
científicos.
Es posible preparar el futuro, es decir,
instalar la educación y el sistema
educativo que necesitan los hijos y los
nietos, pero el futuro deseado no llega
solo; como la cosecha de cualquier grano
o fruto requiere la siembra puntual de la
semilla. O acometemos en serio las reformas
de nuestro problemático contexto
y nos actualizamos o el futuro de la educación
será dramático.
jmontero@conexion.com.py
J. Montero Tirado
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