Se
ha señalado en seminarios, talleres,
paneles, debates, revueltas docentes y estudiantiles
sobre la necesidad de iniciar cambios profundos
en las universidades paraguayas. También
se ha discutido in extenso, aunque con distintos
niveles de acuerdo, sobre cuáles
son los problemas generales y específicos
de nuestras universidades. Pero la resistencia
al cambio es formidable, principalmente
por los actores de la universidad y las
autoridades educacionales que, sin subterfugios
ni temor al ridículo, alegan que
la universidad está bien, que requiere
solamente algunos ajustes de acuerdo a criterios
del Mercosur con una mejora de su financiamiento
y que cualquier otro cambio sería
irrealizable o un sueño lírico.
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Racionalidad
e irracionalidad Más sutil y peligrosa,
por lo sofisticada, aunque retrógrada,
es una emergente resistencia conservadora
disfrazada de intelectualidad progresista
que resucita la extinta polarización
de las humanidades y la ciencia (esas dos
culturas de Snow).
Esta visión teme a la ciencia y sus
productos, descree del futuro y de la universidad
creadora de nuevos paradigmas, desea permanecer
en el mismo sitio y rescatar los "valores
nacionales", ese mal definido ethos
de nuestra cultura autóctona. Pero
no crean que estas ideas se originan en
la venerada y estoica tradición popular,
más bien son ocurrencias pasajeras
de distendidas charlas en algún café
de París reproducidas en medulosas
y bien financiadas "investigaciones"
sociales en Boston.
Sus sofisticados cultores invariablemente
del área humanística (hay
pocos científicos detractores de
la ciencia, unos pocos se oponen a la clonación
de los primates erectos) usan su amplio
tiempo para el café y sus privilegiados
intelectos para profundizar, estimulados
por la envidia de los logros de la ciencia,
su aversión a la racionalidad, mundialización
e idea del progreso (Sebrelli, 1995). Hay
que admitir que esto puede interesar para
una discusión literaria, filosófica
o política en alguna torre de marfil,
pero no es tema prioritario en un país
que se debate en la miseria y que desesperadamente
busca su destino.
Estos intelectuales predicadores de la pertinencia
demuestran paradójicamente que su visión
está totalmente disociada de las necesidades
básicas de nuestra realidad. En esta época
de crisis y fuerte retorno a la irracionalidad,
es oportuno rescatar algunos valores de
la racionalidad y de sus cultores, quienes
adoptan una actitud de disponibilidad para
escuchar argumentos críticos y aprender
de la experiencia. Según Popper, un buen
ciudadano en una sociedad abierta y democrática
se comporta básicamente como un científico;
esto es, avanza por ensayo y error, por
conjeturas y discusiones críticas.
No debe olvidarse que la racionalidad es
una condición necesaria para la libertad,
la justicia y el progreso. De la misma manera,
la crítica al irracionalismo es parte
de la defensa de la civilización
moderna. Dice Bunge que quienes venden de
puerta en puerta mercancías irracionalistas
apolilladas como lógica dialéctica,
fenomenológica, existencialismo,
hermenéutica o deconstruccionismo
se beneficiarán con la lectura de
Popper sobre la incompatibilidad del irracionalismo,
esa filosofía oracular, y la democracia.
Humanistas como científicos
Los científicos raras veces incursionan
en el campo de las humanidades lo que es
una pena. Suficiente con el dominio de su
área, lo que es suficientemente arduo.
Sin embargo, mientras que el éxito
mundano de la ciencia estimula las bajas
pasiones intelectuales de sus detractores,
al mismo tiempo la ciencia les produce tal
fascinación que irremediablemente
introducen en su oscura jerga increíbles
presuposiciones científicas. Este
fenómeno ha sido genialmente analizado
y ridiculizado por los doctores Sokal y
Bricmont (1998) en su libro Imposturas Intelectuales.
Critican estos autores la lamentable incursión
(plena de triviales errores), de afamados
intelectuales en el campo de los conceptos
y del lenguaje científico.
Hablando de la claridad del lenguaje citan
a Felix Guattari cuando este dice: "Podemos
ver claramente que no existe ninguna correspondencia
biunívoca entre los vínculos
significantes lineales o a la arquiescritura
lineal y esa catálisis maquinal multidimensional
y multireferencial".
O cuando Gilles Deleuze dice "las singularidades-suceso
corresponden a series heterogéneas
que se organizan en un sistema que no es
estable ni inestable, sino más bien
metaestable, provisto de una energía
potencial en la que se distribuyen las diferencias
entre las series". De Baudillard cuando
usa lenguaje "científico"
dice Sokal que la terminología se
encuentra confundida con vocabulario no
científico, el cual se utiliza con
igual descuido. Cuando todo se ha dicho
y hecho uno se pregunta qué quedaría
del pensamiento de Baudrillard si se removiese
el barniz verbal que lo recubre.
Otra joya oscurantista de Derrida dice "
si se sostiene el desituacionismo dialéctico,
debemos elegir entre el discurso habermasiano
y el paradigma subtextual del contenido.
Podrá decirse que el sujeto es contextualizado
en un nacionalismo textual que incluye la
verdad como realidad. En cierto sentido,
la premisa del paradigma subtextual del
contenido afirma que la realidad proviene
del inconsciente colectivo".
Dice Sokal de Lacan: "Si bien Lacan
utiliza un reducido número de palabras
provenientes de la teoría matemática
de la solidez, las confunde arbitrariamente
y sin el más mínimo cuidado
de su significado. Su definición
de solidez no solo es falsa, ¡es un
disparate! (Sokal y Bricmont; Dawkins, 2005).
Ideología: Igualdad y libertad.
Otra posición de resistencia a los
cambios en la universidad identifica las
nuevas propuestas como sesgadas ideológicamente,
cuanto que esta discusión ha sido
planteada exclusivamente en el plano académico.
Son estos críticos quienes probablemente
no pueden despojarse de su propio sesgo
ideológico. Si bien se discute sobre
la temporalidad de las tradicionales posiciones
políticas de derecha o izquierda
(Bobbio, Fukayama, Barnett) no hay duda
que esta discusión ha perdido actualidad,
porque los límites entre lo que se
consideraba derecha o izquierda son cada
vez más imprecisos y porque la ideología
no es un tema actual en la frontera del
conocimiento. Por eso no interesa para definir
una nueva universidad, que está más
allá de la discusión ideológica
y se ocupa del futuro y no del pasado. Países
de gobiernos comunistas ortodoxos, dictaduras
de derecha, gobiernos socialistas, socialdemócratas
y esa especie casi en extinción que
son los gobiernos liberales, todos buscan
su universidad de investigación.
¿Acaso la búsqueda de los
propios paradigmas científicos y
culturales no sería la manera más
digna de romper con las perdurables cadenas
del neocolonialismo? Lo absurdo de pretender
categorizar las opiniones como de derecha
o de izquierda en temas de la modernización
de la universidad se hace obvio en algunas
cuestiones como en los debates sobre la
biotecnología actual.
Confirmando sus orígenes históricos
comunes y las naturales y frecuentes alianzas
históricas, se está observando
una extraordinaria comunión de ideas
entre propulsores de ideas de izquierda
y derecha, cuando ambos se oponen de una
manera irracional al proceso tecnológico
en esta área (bioconservadores).
Aun el ultraliberal, hoy en la derecha,
Fukayama, se une a la izquierda verde que
es crítica de la ciencia cuando predice
que la manipulación genética
y la investigación de células
madre llevarán al ser humano de una
poshumanidad a un transhumanismo (Bailey,
2005; Fukayama, 2002). Valdría redefinir
algunos conceptos. Ya no es suficiente identificar
la derecha con la reacción y la izquierda
con el progreso. Los reaccionarios actuales
son los que se oponen a los cambios, se
oponen o temen a la libertad y a las vaguedades
de la ciencia, prefriendo restablecer el
nostálgico pasado que creen superior
(Postrel, 1999).
Los progresistas son los que aceptan los
desafíos del imperativo de la ciencia
y el progreso, con sus inmensas posibilidades,
aun con el riesgo de sus incertidumbres.
Antonio L. Cubilla
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