La segunda es la universidad
napoleónica, también de tradición
medieval y difundida en Latinoamérica
en una versión degradada: relaciona
el aprendizaje con las necesidades inmediatas
de la sociedad.
La tercera es la universidad
humboldtiana originada en Berlín:
su misión es la creación de
conocimientos sin connotación utilitaria.
Es el concepto de la torre de marfil. Su
origen se remonta a la cultura socrática
y aristotélica.
Una visión reciente
de menor alcurnia es la universidad lucrativa
o mercantilista, parecida a la napoleónica
y quizás por esa afinidad más
difundida en Latinoamérica. Ocupa
el 65% de la matrícula en el Paraguay.
Es el peor modelo.
La universidad moderna de
investigación, prominente en Estados
Unidos, Canadá y muchos países
de Europa y Asia, es una conjunción
de los modelos medieval, napoleónico
y humboldtiano. Sus misiones centrales son
la formación cultural, la profesional
y el avance del conocimiento.
La universidad moderna contiene
a todos los modelos anteriores donde lo
válido del pasado se ha incorporado
al presente. Las fases históricas
de la universidad se reproducen en la modernidad
y aparecen simétricamente en sus
niveles jerárquicos: la formación
cultural integral en el pregrado, la formación
profesional en el nivel de grado y la cultura
de la investigación científica
en el posgrado.
Conceptos tan simples e inequívocos
son poco comprendidos y hasta resentidos
en nuestra sociedad, tan primaria y proclive
a la fanatización del prejuicio.
En el Primer Mundo, el debate se centra
en la propia existencia de la universidad
moderna, en la búsqueda de un mayor
equilibrio entre sus misiones múltiples.
Nuestra discusión,
sin embargo, en lugar de plantear las oportunidades
de la poshistoricidad, pierde su tiempo
como dijo Tudelo, en el maniqueísmo
inútil de contraponer el valor de
las ciencias y las humanidades, esas dos
culturas (Snow) que, gusten o no, hoy forman
parte igualitaria de la universidad moderna.
Acciones
Lo que no puede discutirse
es que nuestras universidades producen graduados
incultos, profesionales mediocres y no generan
nuevos conocimientos. Por eso creemos que
los cambios son más que necesarios.
Pero un cambio en la universidad implica
un cambio social. Existirían dos
visiones contrapuestas en la dinámica
del cambio social. Una, heredera del iluminismo,
explicadas por Durkeim, Weber y Marx, lo
ve como natural y bueno, como un mejoramiento
del ser humano; favorece las actividades
científicas y tecnológicas
admitiendo sus limitaciones y sus problemas.
La otra, conservadora, relativiza
el conocimiento, aborrece la ciencia, se
identifica holísticamente con la
naturaleza y descree del progreso. Esta
visión romántica, suerte de
anarco primitivismo, no tolera la simbología
del pensamiento abstracto y es nostálgica
del pasado.
Es imposible sustraer este
pensamiento dual a lo que está ocurriendo
en el debate sobre la reforma universitaria
en nuestro país. Existirían
también dos visiones de cambio; la
primera, progresista y a favor de la modernización,
y la otra, retrógrada y aferrada
a esa madre tierra de la tradición.
Nosotros creemos en la idea
del progreso mediante la producción
de nuevos conocimientos en la universidad.
La otra posición, temerosa del cambio
y de los nuevos conocimientos, duda sobre
el valor de la ciencia y de sus impredecibles
resultados; desea mantener la universidad
tal cual está, en su versión
profesionalista mediocre e inculta, pero
controlar el origen y el gobierno de las
universidades.
Hemos debatido ampliamente
estas ideas durante casi un año.
Hemos aclarado confusiones como aquella
insólita que alega que la universidad
de investigación sacrificaría
a la formación profesional e incrementaría
la desigualdad social. Explicamos que ocurre
justamente lo contrario.
Terapia de shock
Otra cuestión no suficientemente
aclarada es la manera y el ritmo que se
debería imprimir a los cambios. Diagnosticamos
que la universidad paraguaya sufre una patología
de obsolescencia académica. Pero
se confunde nuestro planteamiento racional
y pragmático de cambios con el de
una terapia de shock, de cambio total e
inmediato que afectaría a muchos
docentes.
No estamos planteando esta
vía de cambios. ¡Sería
presuntuoso pretender que una universidad
de investigación pueda implementarse
en un país culturalmente primario
como el Paraguay de un día para otro!
Nuestras ideas de cambio no corresponden
a esa grandiosa planificación tecnocrática
de ingeniería social al estilo del
programa del Milenio de las Naciones Unidas,
una total utopía.
Paso a paso, desde
los problemas
Planteamos el modelo popperiano
de la reforma democrática paso a
paso, que nos recuerda a los presupuestos
metodológicos de la indagación
científica (Easterly, 2006). Primero
observar el territorio cuidadosamente y
dominar el campo. Identificar los problemas
y las buenas costumbres académicas,
las personas de excelencia, qué hay
de válido.
La construcción del
nuevo modelo se iniciaría a partir
de estos logros ya existentes en la universidad,
modestamente, desde abajo hacia arriba y
no soberbiamente desde arriba hacia abajo.
Es esta la modalidad que
planteamos para el cambio: desde las personas
significativas que ya están desarrollando
contra viento y marea una actividad creativa
intelectual de nivel internacional en la
universidad y fuera de la universidad.
Traigamos a estas personas
a la universidad. Que se rodeen de alumnos
significativos. Que trabajen a tiempo completo.
Que perciban buenos salarios en relación
con su producción científica.
El nuevo mérito:
la producción intelectual
¿Cuál sería
la estrategia de esta modesta pretensión
de cambios? Bastaría con redefinir
el mérito académico como la
producción intelectual. Un solo punto
crítico en el cambio de la ley. Aquellas
personas con los dones de la creación
científica y humanística se
verían favorecidas y perdurarían
en el sistema. Las demás cumplirían
inicialmente una función docente
clásica. Esta prescinde del razonamiento
abstracto y por ello es tan apreciada en
nuestra universidad.
Estos docentes de valor histórico
irán siendo gradualmente reemplazados
por aquellos con un intelecto más
acorde con la actividad universitaria. El
uso de la mente debe ser una condición
para la nueva universidad. Quienes no la
usan pueden buscar otras meritorias actividades
no relacionadas con el ejercicio neuronal.
Con las personas adecuadas
en las cátedras, ya no interesa quién
gobierna ni quién crea las universidades.
Esta preocupación genera una estéril
lucha por el poder que es típico
de quienes equivocan el diagnóstico
y el locus de la problemática de
la universidad.
Se debe advertir que un cambio
de leyes no deviene necesariamente en una
transformación. Pero para iniciar
el largo proceso de reforma se hace necesario
modificar algunos puntos de la ley que favorecen
la mediocridad e impiden el inicio de una
universidad moderna y científica.
Tal proceso de cambios puede durar 10 años.
Es lo que queremos hacer. Es lo que esta
comisión ofrece a nuestra sociedad
luego de casi un año de trabajo en
el congreso. Empecemos ya los cambios. Creemos
que nuestro país se lo merece.
Dr. Antonio L. Cubilla
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