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Reforma universitaria: Visiones múltiples y dos acciones para el cambio
Visiones: Existen tres grandes visiones históricas que han influido en la formación de la universidad moderna: la primera, la especulación dialéctica medieval, apareció en París y su énfasis fue la formación integral humanista con el uso de la lógica y del raciocinio. Su producto sería el hombre culto de Ortega, el hombre literariamente adecuado de Bloom y Hutchins, el hombre con ese valioso capital de la escritura de Pierre Bordieu.

La segunda es la universidad napoleónica, también de tradición medieval y difundida en Latinoamérica en una versión degradada: relaciona el aprendizaje con las necesidades inmediatas de la sociedad.

La tercera es la universidad humboldtiana originada en Berlín: su misión es la creación de conocimientos sin connotación utilitaria. Es el concepto de la torre de marfil. Su origen se remonta a la cultura socrática y aristotélica.

Una visión reciente de menor alcurnia es la universidad lucrativa o mercantilista, parecida a la napoleónica y quizás por esa afinidad más difundida en Latinoamérica. Ocupa el 65% de la matrícula en el Paraguay. Es el peor modelo.

La universidad moderna de investigación, prominente en Estados Unidos, Canadá y muchos países de Europa y Asia, es una conjunción de los modelos medieval, napoleónico y humboldtiano. Sus misiones centrales son la formación cultural, la profesional y el avance del conocimiento.

La universidad moderna contiene a todos los modelos anteriores donde lo válido del pasado se ha incorporado al presente. Las fases históricas de la universidad se reproducen en la modernidad y aparecen simétricamente en sus niveles jerárquicos: la formación cultural integral en el pregrado, la formación profesional en el nivel de grado y la cultura de la investigación científica en el posgrado.

Conceptos tan simples e inequívocos son poco comprendidos y hasta resentidos en nuestra sociedad, tan primaria y proclive a la fanatización del prejuicio. En el Primer Mundo, el debate se centra en la propia existencia de la universidad moderna, en la búsqueda de un mayor equilibrio entre sus misiones múltiples.

Nuestra discusión, sin embargo, en lugar de plantear las oportunidades de la poshistoricidad, pierde su tiempo como dijo Tudelo, en el maniqueísmo inútil de contraponer el valor de las ciencias y las humanidades, esas dos culturas (Snow) que, gusten o no, hoy forman parte igualitaria de la universidad moderna.

Acciones

Lo que no puede discutirse es que nuestras universidades producen graduados incultos, profesionales mediocres y no generan nuevos conocimientos. Por eso creemos que los cambios son más que necesarios. Pero un cambio en la universidad implica un cambio social. Existirían dos visiones contrapuestas en la dinámica del cambio social. Una, heredera del iluminismo, explicadas por Durkeim, Weber y Marx, lo ve como natural y bueno, como un mejoramiento del ser humano; favorece las actividades científicas y tecnológicas admitiendo sus limitaciones y sus problemas.

La otra, conservadora, relativiza el conocimiento, aborrece la ciencia, se identifica holísticamente con la naturaleza y descree del progreso. Esta visión romántica, suerte de anarco primitivismo, no tolera la simbología del pensamiento abstracto y es nostálgica del pasado.

Es imposible sustraer este pensamiento dual a lo que está ocurriendo en el debate sobre la reforma universitaria en nuestro país. Existirían también dos visiones de cambio; la primera, progresista y a favor de la modernización, y la otra, retrógrada y aferrada a esa madre tierra de la tradición.

Nosotros creemos en la idea del progreso mediante la producción de nuevos conocimientos en la universidad. La otra posición, temerosa del cambio y de los nuevos conocimientos, duda sobre el valor de la ciencia y de sus impredecibles resultados; desea mantener la universidad tal cual está, en su versión profesionalista mediocre e inculta, pero controlar el origen y el gobierno de las universidades.

Hemos debatido ampliamente estas ideas durante casi un año. Hemos aclarado confusiones como aquella insólita que alega que la universidad de investigación sacrificaría a la formación profesional e incrementaría la desigualdad social. Explicamos que ocurre justamente lo contrario.

Terapia de shock

Otra cuestión no suficientemente aclarada es la manera y el ritmo que se debería imprimir a los cambios. Diagnosticamos que la universidad paraguaya sufre una patología de obsolescencia académica. Pero se confunde nuestro planteamiento racional y pragmático de cambios con el de una terapia de shock, de cambio total e inmediato que afectaría a muchos docentes.

No estamos planteando esta vía de cambios. ¡Sería presuntuoso pretender que una universidad de investigación pueda implementarse en un país culturalmente primario como el Paraguay de un día para otro! Nuestras ideas de cambio no corresponden a esa grandiosa planificación tecnocrática de ingeniería social al estilo del programa del Milenio de las Naciones Unidas, una total utopía.

Paso a paso, desde los problemas

Planteamos el modelo popperiano de la reforma democrática paso a paso, que nos recuerda a los presupuestos metodológicos de la indagación científica (Easterly, 2006). Primero observar el territorio cuidadosamente y dominar el campo. Identificar los problemas y las buenas costumbres académicas, las personas de excelencia, qué hay de válido.

La construcción del nuevo modelo se iniciaría a partir de estos logros ya existentes en la universidad, modestamente, desde abajo hacia arriba y no soberbiamente desde arriba hacia abajo.

Es esta la modalidad que planteamos para el cambio: desde las personas significativas que ya están desarrollando contra viento y marea una actividad creativa intelectual de nivel internacional en la universidad y fuera de la universidad.

Traigamos a estas personas a la universidad. Que se rodeen de alumnos significativos. Que trabajen a tiempo completo. Que perciban buenos salarios en relación con su producción científica.

El nuevo mérito: la producción intelectual

¿Cuál sería la estrategia de esta modesta pretensión de cambios? Bastaría con redefinir el mérito académico como la producción intelectual. Un solo punto crítico en el cambio de la ley. Aquellas personas con los dones de la creación científica y humanística se verían favorecidas y perdurarían en el sistema. Las demás cumplirían inicialmente una función docente clásica. Esta prescinde del razonamiento abstracto y por ello es tan apreciada en nuestra universidad.

Estos docentes de valor histórico irán siendo gradualmente reemplazados por aquellos con un intelecto más acorde con la actividad universitaria. El uso de la mente debe ser una condición para la nueva universidad. Quienes no la usan pueden buscar otras meritorias actividades no relacionadas con el ejercicio neuronal.

Con las personas adecuadas en las cátedras, ya no interesa quién gobierna ni quién crea las universidades. Esta preocupación genera una estéril lucha por el poder que es típico de quienes equivocan el diagnóstico y el locus de la problemática de la universidad.

Se debe advertir que un cambio de leyes no deviene necesariamente en una transformación. Pero para iniciar el largo proceso de reforma se hace necesario modificar algunos puntos de la ley que favorecen la mediocridad e impiden el inicio de una universidad moderna y científica. Tal proceso de cambios puede durar 10 años. Es lo que queremos hacer. Es lo que esta comisión ofrece a nuestra sociedad luego de casi un año de trabajo en el congreso. Empecemos ya los cambios. Creemos que nuestro país se lo merece.

Dr. Antonio L. Cubilla

Fuente: Diario ABC Color 20/08/06